Por aquellas personas sobre las que vale la pena escribir

El cine de Pedro Almodóvar es atrapante, cada una de sus películas trazan la curiosa figura que forma el cineasta manchego. La forma en la que ha conseguido crear ficción de sí mismo, sin siquiera citarse, y sin la necesidad de que el espectador sepa algo de su vida, para mí, es digno de admirar y magnificar.

La escritura no es un proceso apto para cualquiera, puede que la mayoría que intentamos reflejar algo de nosotros mismos en un escrito –sea del tipo que sea-, no tengamos lo que se necesita, puede que a pesar del elitismo que desprendía, Bukowski tuviera razón cuando escribió aquello de “Si no te sale ardiendo de dentro, a pesar de todo, no lo hagas” refiriéndose al proceso de escritura.

Y sin entrelazar párrafos y de manera desordenada, diré que todo esto surgió ayer en mi cabeza, cuando compartí una temprana versión de Entelequia con una personaen cursiva, porque ella fue gran parte de la inspiración de ese guion– y me dio una crítica negativa. De hecho. Ni siquiera fue una crítica, ni siquiera cuestionó la calidad del guion, solo le hizo falta una elegante expresión que voy a evitar reproducir -más por la pereza de poner contexto a esta expresión, que no la importancia de la misma- para decirme que no le había gustado.

Reconozco que he dormido menos de lo que debería, y que he perdido la cuenta de los cafés que he tomado, pero supongo que me es más fácil escribir una nota en la soledad de mi habitación, que no desahogarme con alguien que tenga capacidad de comprenderme.

, me sentó mal que no le gustará, no solo porque mis complejos y mis miedos sepan que Entelequia es digna de muchas críticas negativas, si no porque me lo dijo una de esas personas sobre las que vale la pena escribir, una persona que podría encajar perfectamente en cualquier película de Pedro Almodóvar siendo tan solo un poquito más pintoresca, y yo, que he tenido el placer de retratarla no he sabido como hacerlo.

Mi ego ha respondido a aquella crítica de la única forma que sé, escribiendo unos cuantos versos al aire mientras viajaba en metro, y luego, mi autoestima me ha preguntado si vale la pena siquiera seguir escribiendo o estrenar Entelequia, preguntas que me hago más habitualmente de lo que debería, pero sé, que tan solo son preguntas retoricas dominadas por el miedo natural e instintivo a un fracaso igual de natural -tampoco es que haya sido la primera persona que me haya conseguido generar dudas entorno a Entelequia-.

Así que vuelvo a leer a Bukowski, los versos de ese poema con el que hace tan solo unos años me identificaban, pero del cual me siento muy lejos hoy en día.

Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Fragmento de ¿Así que quieres ser escritor? de Charles Bukowski

Reescribo, me canso, me frustro, abandono, y no siempre sale espontáneamente de mi corazón, de mi mente, de mi boca y de mis tripas, pero si no lo hago no soy yo. No cualquiera tiene el don de haber nacido para ello, no cualquiera sabe transformar una buena idea en una buena historia, y probablemente -por no asegurarlo y dejarme el margen de la duda- yo no sea de esas personas, pero cuando escucho una buena historia, cuando conozco una persona de ficción, o cuando me encuentro en una circunstancia lo suficientemente pintoresca, no puedo evitar retratarla y caricaturizarla hasta hacerla mía. Uno más de mis personajes que siempre acaban en desdicha o uno más de mis delirantes y somnolientos diálogos. Así que supongo que debo seguir haciendo terapía con palabras, por mi bien, por la desgracia del resto.