A la deriva

La última vez que acabe un guion y decidí plantarme frente a mi ordenador a desahogarme sobre ello empecé escribiendo “quizá vivo todo demasiado intensamente”, y la verdad que podría ser la frase perfecta con la que empezar de nuevo esto.

La Derivada es el título que lleva el último guion al que me he tenido que enfrentar, y a diferencia de cuando escribí este texto sobre Entelequia, este tan solo ha sido un primer borrador muy lejos de lo que será su versión final, pero me ha dejado tan abatido que no he podido evitar plantarme aquí a escribir un texto terapéutico.

Si bien mi obsesión literaria y cinéfila con el fracaso, el negativismo y los finales infelices me prohíben escribir una historia en la que el dolor no sea protagonista, siento que no puedo evitar la paz como conclusión final. Regalarles a los personajes de los que me he enamorado durante meses, un final en el que el dolor termine, de una forma o de otra.

Supongo que la paz es una aspiración conformista, luchar por la felicidad, o por una nueva oportunidad requiere mucha más valentía, pero mis personajes –al igual que yo– son en su mayoría unos cobardes. Y esto no es ningún desprecio a la cobardía, la cobardía es una condición muy humana, aunque, en ocasiones el cine y la literatura me han hecho naturalizar una valentía que pocas veces en mi vida he visto.

Y cuando hablo de valentía, no hablo de esos héroes de acción tan propios de los 90, que entre salvar el mundo y salvar el mundo, consiguen mantener su cabello intacto. Hablo de aquellos que son capaces de enamorarse sin temer a la perdida, de estar dispuestos a sufrir, y más importante aún, afrontar ese sufrimiento. ¿No os parece algo muy utópico?

Quizá soy yo que soy un cobarde.

La Derivada habla, además de dolor, de esa alternativa que nadie cuenta, o que si la cuentan es para romantizarla de forma absurda. Habla sobre el camino que todo el mundo debe seguir, pero que, en ciertas ocasiones, algunos personajes consiguen esquivar convirtiéndose en derivados, en la otra opción que ni siquiera las historias más dramáticas se atreven a contar.

Entre mis dudas, existe la posibilidad de que este guion -al igual que muchos otros- se quede mimetizado en mi caja de fracasos, pero ya que he dado un paso de valentía hablando sobre él, quizá me debo intentarlo.