Maldito 23 de junio

Cree tantas esperanzas de madurez sobre esta fecha que no he podido evitar odiarla. Intenté no sobrevalorarla, hacerla un día más, pero creo que me es imposible. Cada 23 de junio es un recordatorio de donde debería estar y no estoy, una razón más para martirizarme y odiarme de varias formas. A mi alrededor todos afirman que estoy en un momento dulce y bonito, yo como siempre, solo sé mirar al frente y atrás, mirando donde quiero llegar y arrepintiéndome de donde estoy.

Odio sus ruidos, que no me permiten la paz en la noche que más la necesito. Su calor, que no me permite meterme en la cama, y me obliga a mantener la ventana abierta y escuchar toda esa felicidad que viene de lejos. Las miradas, que se fijan en mi espalda, y son tan difíciles de ignorar. Su soledad, porque da igual de cuantos me rodee, siempre sentiré que los 23 de junio son solitarios.

Quizá hubiera preferido nacer en un día más convencional, un 28 de octubre hubiera estado bien, alejado del calor y las pretensiones que genera el verano, pero por la casualidad que me ha concedido la vida, nací un 23 de junio a las 12 de la mañana. El día en el que San Juan arde en la hoguera y en el que todo el mundo cree que una fiesta siempre es bienvenida.

Por lo general, procuro que mi entorno olvide mi cumpleaños, por eso me siento estúpido escribiendo este texto, tiende a la confusión, y a que cualquiera que no me conozca piense que me estoy colgando un cartel de “un año más”, pero necesito esta terapia, como quien necesita de oxigeno en un día como este.